Historia resumida de Isla de Pascua

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Isla de Pascua historia resumida

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Colonización de Isla de Pascua: entre historia y leyenda

Según la leyenda, fue un sueño el que guió a un grupo polinesio hacia el este, para colonizar una isla que llamaron Te pito o te kainga. La tradición oral es limitada y hasta hoy presenta capítulos confusos.
Esta se refiere tanto a conflictos entre jefes rivales como a catástrofes naturales que habrían obligado la migración de los Hanau momoko (gente delgada, “como lagartija”) desde Hiva, la mítica tierra ancestral, encabezados por el Ariki Hotu A Matu’a (Hotu, hijo de Matu’a).

Los maremotos ya los estaban afectando desde tiempos de Ta’ana, abuelo de Hotu A Matu’a, quien había enviado a sus tres hijos en busca de una nueva tierra hacia el este. Un hechizo los habría convertido en los tres islotes (motu iti, motu nui, motu kao kao) que se encuentran en el vértice suroeste de la isla.

Tiempo después, Hotu A Matu’a enfrentó y venció a sus vecinos, los Hanau e’epe o “gente fornida”, quienes se habían visto obligados a ocupar su territorio para escapar de las aguas.

Entonces, el espíritu de Haumaka viajó hacia el este y encontró esa octava tierra. Hotu A Matu’a envió siete exploradores: Ira y Raparenga, hijos de Haumaka, y sus cinco primos, Ku’u Ku’u, Ringi Ringi, Nonoma, U’ure y Mako’i, hijos de Huatava. Recorrieron la isla siguiendo los nombres de los sitios señalados por el espíritu de Haumaka, plantaron uhi, reconocieron la playa de Hanga mori a one (Anakena) como el lugar de desembarque del ariki.
Ku’u Ku’u queda mortalmente herido por una tortuga y es abandonado; el mayor instala un pequeño moai en la costa de Hanga Roa, mientras los demás juegan a deslizarse en las olas; Ira instala dos pequeños moai de piedra que Hinariru le había entregado en Hiva, y le enseña también a Mako’i el arte del kai kai, que incluye una larga lista de nombres de lugares.

Algunos vuelven a Hiva después de cinco lunas. Desde Hiva, el Ariki Hotu A Matu’a organiza la colonización de la nueva tierra. La leyenda habla de una migración cuidadosamente planificada, encabezada por el ariki y la familia real, sacerdotes y sabios, especialistas en pesca, en la confección de canoas y de casas, y agricultores. Hotu A Matu’a embarca a un grupo de Hanau e’epe y los instala en el territorio de Poike, la península oriental de Rapa Nui.

También se transportaron las plantas y animales necesarios para la subsistencia. El ariki distribuye las tierras de la isla entre sus hijos, sentando las bases de la organización sociopolítica que caracteriza la prehistoria rapanui.

Con el tiempo, cada linaje ocupó terrenos claramente definidos, protegidos por el mana o poder de los ancestros encarnados en figuras de piedra.

De donde llegaron los primeroEn su obsesión por probar que los primeros habitantes de Rapa Nui fueron americanos, Thor Heyerdahl relaciona a los Hanau e’epe con los “orejones” del antiguo Perú, pero se equivoca en un pequeño detalle: epe es oreja, y e’epe es fornido, corpulento. En ningún momento la leyenda alude a orejas largas o cortas.
Lo que todos los datos permiten concluir es que, cualesquiera fueran los episodios de colonización de la isla, incluyendo el tema de Hotu A Matu’a como un evento histórico tardío convertido en leyenda, se trató de navegantes polinesios. De hecho, la tradición hace referencia a más de un viaje de colonización, algo que se acerca más a la evidencia científica y al sentido común.

Es muy probable que los colonizadores de Rapa Nui hayan seguido en contacto con la tierra ancestral por un tiempo, mientras tuvieran embarcaciones, navegantes capacitados y buenas razones para intentarlo. El centro ceremonial de la Polinesia central se encontraba en Raiatea, en el archipiélago de Tahiti, adonde concurrían periódicamente los distintos grupos polinesios. El Marae Taputapuatea era el centro del culto a Oro, uno de los dioses principales del panteón polinesio. La concurrencia de dignatarios rapanui a este “Vaticano de la Polinesia” se perdió en la memoria local, pero hay referencias de ello en las tradiciones de Tahiti.

La isla muestra un proceso de desarrollo continuo, sin influencias ajenas a lo polinesio. Las evidencias arqueológicas, lingüísticas, antropológicas y biológicas relacionan claramente a Rapa Nui con el centro de la Polinesia y, en particular, con las islas Marquesas y Mangareva.
No es lógico que se tratara de un único contacto, para luego quedar en absoluto aislamiento hasta tiempos históricos. La propia leyenda habla de una serie de viajes en los inicios de la colonización. La variedad de especies introducidas en la nueva tierra demuestra que se trató de una colonización planificada sistemáticamente y no de un contacto casual con una isla perdida en medio del océano, por un pequeño grupo abandonado a su suerte en una canoa a la deriva, o impulsada por el azar de las tormentas.

Fuente: Rapa Nui. El ombligo del mundo

A partir de la llegada del Ariki Hotu A Matu’a, se define un orden social encabezado por la familia real y la aristocracia religiosa, que incluía a sabios y sacerdotes, seguidos por una variedad de especialistas artesanos y guerreros, pescadores y agricultores. En el nivel más bajo se encontraban los sirvientes y los enemigos vencidos destinados al sacrificio.
La posición de la aristocracia se sustentaba en su origen divino, como descendientes de los dioses creadores. En la línea de los ariki (rey) de Rapa Nui, dentro del linaje Honga del clan Miru, el hijo primogénito estaba destinado a recibir el poder como líder religioso de la isla (Ariki Henua). Los ariki estaban investidos de un poder de origen sobrenatural, el mana, y protegidos por las normas del tapu, lo prohibido. Ese poder se concentraba en su cabeza, al punto que según la tradición nadie podía tocarlo, ni cortarle el pelo. El mana se podía expresar en forma positiva, al propiciar las siembras y las cosechas, o en forma negativa, provocando incluso la muerte.

El control de la producción de alimentos se tradujo en una intensificación de la producción agrícola, que constituyó la base de la subsistencia. Los alimentos del mar de mayor prestigio, como el atún y las tortugas, estaban reservados a la nobleza.





La mayor o menor importancia de las personas en la pirámide social se estructuraba en función de su grado de cercanía con el
ancestro más importante, lo que se complicaba en la medida que aumentaba la población y se subdividían o fusionaban las familias, linajes o clanes según las circunstancias históricas.
En casos de conflicto, era común que algunas familias fueran acogidas por un grupo más poderoso.

A la llegada de los europeos a la isla, se reconocen ocho clanes mayores y cuatro menores, organizados en dos grandes confederaciones que se dividían la isla en dos: los clanes asociados a los Miru, el linaje real, en la mitad noroeste de la isla (Mata Tu’u Aro), y aquellos que ocupaban la mitad sureste (Mata Tu’u Hotu Iti).

 

Origen de los moai

En este contexto, las construcciones monumentales dedicadas al culto a los ancestros fundadores de cada linaje constituían la evidencia visible del nexo genealógico con un territorio. Al mismo tiempo, legitimaban el dominio sobre los territorios y hacían referencia permanente al mana de los ancestros encarnados en cada imagen, que eran el rostro vivo (aringa ora) de algún antepasado claramente identificado.

Los centros de ese poder político y religioso se ubicaron de preferencia en la costa, para controlar territorios independientes y autónomos que se proyectaban hacia el interior de la isla. Los límites eran marcados por acumulaciones de piedras, y su transgresión normalmente constituía una grave falta.
Se han descrito algunos moai aislados en el interior de la isla, que también habrían servido como marcadores territoriales.

Cerca de los ahu se instalaban las personas de alto rango y los sacerdotes, ocupando casas en forma de botes invertidos. Hacia el interior, se ubicaban las familias reunidas en torno al hombre más importante, generalmente los ancianos que hacían de cabeza de los linajes.
Estas familias formaban pequeños asentamientos permanentes o semipermanentes, junto a los campos de cultivo. Las habitaciones eran menos elaboradas y, aparte de estructuras elípticas, se encuentran casas de planta rectangular y circular. La arquitectura doméstica se completaba con los fogones subterráneos delimitados por bloques labrados de basalto y, en tiempos tardíos, con refugios para las gallinas (hare moa) y estructuras circulares para proteger las plantas (manavai).


FASE AHU MOAI: El esplendor 1000 – 1600 DC

En Polinesia, como en muchas otras civilizaciones, la ideología y el poder de la clase dirigente se plasmaron en construcciones monumentales configuradas como plataformas que se proyectaron progresivamente hacia formas piramidales.
Al principio, los altares de piedra eran simples plataformas bajas y alargadas, en donde se levantaron efigies de los ancestros o dioses, representados por simples losas verticales de piedra o coral, o figuras talladas en madera. El conjunto se proyectaba a una plaza rectangular, a veces pavimentada y completamente amurallada.
Ejemplos notables de estas expresiones megalíticas se encuentran en toda Polinesia, en los marae de las Islas de la Sociedad, los heiau de Hawai, los me’ae y tohua de las Islas Marquesas, los tu’ahu de Nueva Zelandia y, de manera excepcional, en los ahu de Rapa Nui.

A partir de la idea del marae de la Polinesia central, los arquitectos rapanui incorporaron un plano inclinado (tahua) frente a la plataforma central del ahu, pavimentado con piedras redondas (poro), y extensiones laterales.

La selección del sitio para el levantamiento de un ahu debió ser materia no sólo de los maestros de la construcción (tangata maori anga ahu), sino de los sacerdotes (ivi atua), que debían sacralizar el lugar, lo que se expresa en la instalación de una capa de tierra de color rojo en la base.

La mayoría de los ahu se levantaron junto a la costa, de modo tal que normalmente su orientación es paralela al borde costero.
Sin embargo, se han identificado unos veinticinco en que esto no ocurre, de los cuales más de un tercio fueron orientados según observaciones astronómicas precisas.
A lo largo de unos 500 años, las familias más poderosas levantaron cerca de 300 ahu en las cabeceras de sus territorios.
La etapa de expansión megalítica en la isla debió comenzar hacia los inicios del segundo milenio de nuestra era. Los últimos ahu se estaban construyendo hacia el siglo XVII, lo que significa que en un período relativamente corto la sociedad rapanui se concentró en la construcción de unos trescientos ahu y unos mil moai.

FASE URI MOAI: La caída 1600 – 1867 DC




El nivel alcanzado por la cultura megalítica rapanui resultó de la combinación de múltiples factores, en los cuales la competencia provocada por las restricciones ambientales se expresó justamente en la construcción de ahu y de moai cada vez más grandes.

El aumento incontrolado de la población no pudo ser disminuido a niveles sustentables, de manera que los grupos sufrieron divisiones y fusiones para asegurar su supervivencia. La competencia entre los grupos más poderosos era inevitable en un ambiente deteriorado por sobreexplotación y sometido a catástrofes naturales periódicas.

La situación continuó hasta que todo el sistema social, religioso, político y económico entró en un proceso de crisis que, aparte de significar el abandono definitivo del megalitismo, requirió de un esfuerzo notable de adaptación que produjo nuevas expresiones en todos los aspectos de la cultura.

Durante este período, la isla sufrió las consecuencias de un severo proceso de deterioro ambiental, inevitable cuando un ecosistema pequeño y frágil se combina con una sociedad orientada a la competencia.

Las estimaciones más conservadoras indican que la población llegó a un máximo de 10.000 habitantes. Al menos, algunos datos de los primeros visitantes europeos permiten extrapolar cifras de hasta seis mil habitantes.
En la actualidad, en la isla viven unas seis mil personas.

La vegetación arbórea fue afectada intensamente por su frecuente uso en las grandes obras públicas y ceremoniales.

La inestabilidad del sistema obligó a buscar alternativas más eficientes para incrementar la producción de alimentos de acuerdo con las exigencias de la clase dominante.
La crisis no significó el caos ni la decadencia, sino el desarrollo de estrategias y una planificación en manos de jefes capaces de mantener el orden social. Se elaboraron complejas soluciones políticas, ideológicas y técnicas, lo que revela una notable capacidad de adaptación y supervivencia frente a la imposibilidad de un fácil escape, porque ya no había madera para construir embarcaciones. A pesar de los inevitables conflictos, superaron la crisis con la misma voluntad e inteligencia con que sus ancestros polinesios atravesaron la vastedad del océano Pacífico para desarrollar una de las culturas más espectaculares del planeta en condiciones impensables.

Desde el punto de vista ideológico, en esta época surgen con mayor fuerza los ritos de los primeros frutos y la magia de la fertilidad. Muchos artefactos cargados de mana estaban destinados a favorecer el crecimiento de las plantas, la fertilidad de las gallinas y la suerte en la pesca. A esta época debe corresponder la mayoría de los petroglifos en donde se asocian komari, peces, aves y plantas. Incluso, se retiraban cráneos de personas importantes de los osarios para aprovechar su mana con estos propósitos.

Estas adaptaciones tuvieron su expresión más notable en lo ideológico a través del culto a Make Make, el “dios creador” y la ceremonia del tangata manu, el “hombre-pájaro”.
El antiguo culto a los ancestros en los centros religiosos de cada familia se desplazó a un sitio para la competencia anual por el poder, la aldea ceremonial de Orongo.

EL SIGLO XVIII: primeros contactos con Occidente

Después de siglos en completo aislamiento, la isla fue redescubierta por marinos holandeses en 1722, el domingo de Pascua de Resurrección.
A partir de ese momento, comienza a difundirse la imagen de una isla llena de misterios, en tanto el desolado paisaje parecía el peor escenario para el desarrollo de una sociedad compleja, con expresiones monumentales similares a las de una alta cultura de la América precolombina o del Viejo Mundo.
En las bitácoras de los propios holandeses, quienes desembarcaron por algunas horas, se registra la existencia de enormes estatuas y, al mismo tiempo, la falta de árboles y de cuerdas necesarias para su construcción y traslado, lo que los lleva a pensar que estaban hechas de barro, con algunas incrustaciones de piedras.

Cuarenta y ocho años después llegó el capitán español Felipe González y Aedo.
En 1774, desembarcó el famoso capitán inglés James Cook, acompañado por los naturalistas alemanes Johann Reinhold y Georg Forster y por el pintor escocés William Hodges, quienes dejaron valiosos testimonios de la isla en esa época.
En 1786, el almirante francés Jean-François de Galup, conde de La Pérouse, visitó la isla por 24 horas, dejando animales y semillas para la agricultura isleña, las que fueron consumidas rápidamente.
Sin embargo, estos primeros contactos no afectaron mayormente a la isla ni la supervivencia de la población y su cultura.
El siglo XIX estaría marcado por los impactos más negativos, que llevarían a la pérdida de buena parte de las tradiciones y formas ancestrales de organización, ritos y ceremonias de los rapanui.



EL SIGLO XIX: cerca del exterminio
En el año 1805, el paso de una goleta norteamericana significó el rapto de una docena de hombres y mujeres para ser utilizados como mano de obra en la caza del lobo marino en las islas de Juan Fernández.
Hacia fines de 1862, se organizó una expedición internacional de caza de esclavos en la isla, que significó la extracción forzada de una parte importante de la población, entre la cual se contaban los herederos de la antigua aristocracia y muchos de los sabios.
Este incidente afectó seriamente a la sociedad y la cultura isleñas. Se estima que unos dos mil isleños fueron llevados a Perú como esclavos. Los escasos sobrevivientes que pudieron volver introdujeron la viruela y la tuberculosis, enfermedades que resultaron fatales para una población indefensa.
En medio del desastre, en 1864, llegó desde Chile el hermano Eugenio Eyraud, primer misionero católico en la isla. Aunque al principio no fue bien recibido por los isleños, sentó las bases para la llegada de otros misioneros.

En 1868 llegó desde Tahiti el aventurero francés Jean-Baptiste Onesime Dutrou-Bornier, quien dominó a los isleños con engaños.
En 1871 se asocia al comerciante inglés John Brander, para la crianza de ganado lanar.
Aunque la misión católica participó también de la sociedad, Dutrou-Bornier logró finalmente el retiro de los sacerdotes a la Polinesia francesa, acompañados por una cantidad importante de refugiados rapanui.
Este último impacto disminuyó la población nativa de la isla a la cantidad de 110 sobrevivientes, según datos de 1877. Este número resulta dramático si se compara con los seis mil habitantes que se calcula existieron a la llegada de los primeros europeos, unos ciento cincuenta años antes.

Por esos años, posiblemente a partir de sus viajes a la isla, el capitán Policarpo Toro Hurtado comenzó a desarrollar la idea de incorporar la isla al territorio nacional de Chile. Según su opinión, la apertura del Canal de Panamá traería ventajas comerciales a un puerto en ese lugar del Pacífico.
El Presidente José Manuel Balmaceda dio al capitán Toro amplias instrucciones y poderes para adquirir los terrenos de propiedad particular que hubiere en la Isla de Pascua. Se refería a los terrenos adquiridos por la misión católica, unas dos mil hectáreas de las 16.600 que forman el territorio de la isla. Nunca se consideró el derecho de los isleños a su tierra.

En agosto de 1888, en Tahiti, Toro pagó para esas tierras junto con todos sus animales.

A la vuelta de Tahiti, el 9 de septiembre de 1888, el capitán Policarpo Toro formalizó la cesión de la soberanía de la isla al Estado de Chile, tratando con los jefes rapanui, encabezados por el Ariki Atamu Tekena.
En ese acuerdo de voluntades, los isleños cedían la soberanía pero mantenían sus investiduras, mientras el gobierno de Chile se comprometía a proteger a los isleños. En ese momento, la isla contaba con 178 habitantes, sometidos a un proceso de reestructuración social en torno a una seudomonarquía instaurada en 1882 por el padre Roussel, rey Atamu Tekena y reina su mujer Uka a Hei a Arero.
Por su parte, en septiembre de 1895, Merlet, un comerciante francés de Valparaíso, obtuvo del gobierno de Chile el arrendamiento por veinte años de los terrenos, los edificios, los enseres y los animales que el Fisco poseía en la isla. En 1903, Merlet vendió sus derechos y sus bienes en la isla a una empresa privada: la Compañía Explotadora de Isla de Pascua. Luego, la mayoría de las acciones fueron adquiridas por la firma Williamson & Balfour.

Los isleños fueron confinados por la fuerza en Hanga Roa –que se convertió así en el único centro poblado hasta la actualidad– y obligados a trabajar como esclavos de la Compañía Explotadora. Quedaron sometidos a los abusos de los sucesivos administradores de la empresa ganadera, que eran al mismo tiempo representantes del gobierno en la isla, en calidad de subdelegados marítimos.
Rapa Nui se convirtió en estancia ganadera y llegó a tener unas sesenta mil ovejas.

Después de sufrir décadas de abandono y maltratos, los informes anuales de la Armada, los reclamos de la Iglesia, las denuncias de la prensa, y la acción de la Sociedad de Amigos de la Isla de Pascua lograron que el gobierno decidiera el desahucio del contrato con la Compañía, en el año 1953. La tuición de la isla fue encomendada a la Armada, hasta que finalmente se instaló una administración civil, con representantes de distintos servicios públicos, en el año 1966.



Alfonso Rapu, un joven profesor isleño, se transformó en el líder que motivó el cambio. A partir de la dictación de la Ley Pascua, en 1966, la isla comenzó a integrarse al mundo moderno a un ritmo progresivo.
El primer contacto aéreo con la isla ocurrió en 1951. En un logro extraordinario, el comandante Roberto Parragué de la Fuerza Aérea de Chile cubrió la distancia que separa La Serena de la isla en 19 horas, volando en el hidroplano “Manutara”.
El mismo abrió la ruta hasta Tahiti en el año 1965. El primer vuelo comercial fue realizado por un DC-6 de la Línea Aérea Nacional (LAN Chile) en 1967, aterrizando en una pista de tierra preparada por los propios isleños. Con esto se abrió oficialmente la isla al turismo.

Gradualmente, Rapa Nui ha ido recuperando su posición como el Ombligo del Mundo, a partir de su reconocimiento mundial como atracción turística. La excepcional capacidad de adaptación y supervivencia de los antiguos habitantes sigue vigente en las actuales generaciones, que luchan por mantener algunos de los rasgos culturales que los identifican con su tierra y con su historia, mientras aumentan paulatinamente las amenazas del progreso. A pesar de todo, las nuevas generaciones están produciendo una nueva cultura rapanui, rescatando algunos de los elementos más llamativos de una cultura ancestral que los llena de orgullo y que les confiere una identidad propia.
Sin duda, la explicación para el misterio rapanui no está en la razón, sino en el espíritu, en aquello que los antiguos llamaban mana.

Fuente: “Rapa Nui. El ombligo del mundo”
José Miguel Ramírez Aliaga
Centro de Estudios Rapa Nui
Universidad de Valparaíso

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